Esperé y esperé en ese viejo sótano, el polvo ya apenas me dejaba respirar. Me sentía sola a pesar de la compañía, y es que siempre elegía a otra antes que a mí.
Me decían que no me angustiara, que él era algo indeciso y nunca estaba lo suficiente seguro de dar el paso y acercarse a mí, tocarme si quiera.
Yo ardía en deseos de que me encontrara, de que por fin me hiciera suya.
De pronto un día no hubo duda. Se inclinó y me dijo: “Hoy es el día”.
Me llevó a la cocina de su mano, había una mujer esperándole. Me descorchó como un experto y entonces la catarsis, por fin fluí a través de su garganta.
-¿Te gusta el vino, querida? Le dijo.
- Ella asintió con los labios húmedos, mientras me aireaba en su copa.
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