Agarro tu mano subrepticia,
Algo extraño y perfectamente natural
Como si no pudiera pasar de otra manera.
Envidio los segundos que te afanan el tiempo,
(Un tiempo que quisiera mío)
Y bendigo esos pigmentos
Que resbalan por tu cuerpo
Y por tus ropas,
Por ese decálogo humano
Que no deseo
Ni ansío
Con pulcritud extrema.
Da igual cuántas indagaciones puedan percutir
Tus palabras en mi designio,
No importan las constelaciones astrales
Ni los azares
Ni las chambas.
Ni siquiera me importan
Otros cuerpos sobre tu cuerpo,
Otros rostros que sesteen
En las flores de tu almohada,
No me importa eso y nada,
Si sé que eres para mí,
Si me robas las noches,
Si me escribes dormida,
Si me sueñas despierto,
Si te quedas conmigo.
Estaba ya de vuelta, sin un “nunca más” en los bolsillos, pero aun con nostalgia de balcón y atardeceres. De repente tuve la sensación de haber sido bañado por la calma. El pasado era ya un souvenir plastificado, el futuro no era esa intriga de asomarse por la cerradura de la puerta. Solo y suspendido, estaba el presente. El presente de tú y yo, el presente personificado.
ResponderEliminarCada instante blandía elegante una gentileza pétrea, una acción sutil de piel marmórea. Y era tan hermoso pensarte en este presente nuestro, tan delicioso ejecutar el rapto efímero de nuestras noches de universos paralelos y banquetes con sabores y olores a exquisiteces parecidas a la blancura, de innumerables libaciones y acercamientos, tentativas de la tentación, vibraciones de las mas incontenibles de las cercanías que se precipitaban en el deleite de la impotencia y en la dulzura de un deseo que está a punto de ser derramado.
¿Qué cosas son estas que pienso? Que surgen de ese estado, en el que percibes, que anclada a la chaqueta, me sigue ausente una horquilla de tu pelo. Por donde han sido filtrados los pensamientos de una tarde completa, de una tarde ya tarde, de una tarde.
Que belleza, porque estoy llorando de esta absoluta y temible belleza, de las sacudidas de tus gemidos de papiro, en la noria pavorosa donde la caída al vacío era completamente predecible. Donde el bombear de una estancia aturdida de respiraciones postergaba el sin aliento para los ratos de melancolía, y donde el temblor del cuerpo era síntoma de esa horrorosa belleza, de esa intolerable intuición de que las cosas andaban sujetas a sí mismas por una dúctil razón.
Que ya no me quedan corbatas tristes, ni sonrisas de llanura. Que tengo los ceniceros hasta arriba de fumarme las esperas. Que si me voy a escuchar flamenco es porque el vino baila sombra por bulerías, y la luz que canta y rabia me devuelve a los geranios del balcón, al de los pájaros aburridos y las nubes crepitantes de una tarde ya muy tarde, de una tarde...